Ejercicio de escritura a partir del cuento "El Espíritu de emulación" de Fernando Sorrentino
Al cabo de un tiempo, los bichos, habían cambiado varias veces de domicilio.
Cada uno logró ciertas generalizaciones, encontraron regularidades en sus anfitriones de acuerdo al grado de observación individual.
La perspicacia es la cualidad más conocida del zorro, de modo que se había convertido en el asesor de la población amascotada del edificio. Con el objetivo de oficializar su puesto había organizado su propio agasajo. Fijó el evento para el día jueves, a la noche, cuando los dueños asistitían a la reunión de consorcio de la planta baja. Un sitio seguro, la terraza, decidió sin muchas opciones más.
La esperada tertulia comenzó con un discurso proselitista innecesario pero que sus ínfulas de zorro no pudieron evitar. Y en medio de declamaciones libertarias vociferó: -¡Estamos cansados de las caprichosas mudanzas a las que nos someten nuestros efímeros amos! ¡Estamos hartos de heladeras y almacenes con candados! Y si ya conocemos los recorridos...¡Para qué las sogas!
La ovación fue total. El oso rugió de una manera que ensordeció a la concurrencia. El collar nunca le había pesado tanto hasta oír esas palabras.
Los castores y ardillas hicieron la equivalencia sogas-cadenas, con ellos las sogas no habían resultado, se las comían. Y pensaron que estaban tan acostumbrados al tintineo del metal que el silencio quizá los desconcertaría.
De todos modos saltaron de contentos.
La alegría era superlativa en ese mundo animal insertado en esa terraza pavimentada.
Los loros también acompañaron la algarabía con aleteos y gritos, a pesar de que no padecían las sogas como el resto. Cuando se dieron cuenta de esto agregaron: -¡Ni sogas, ni jaulas!
El zorro que ya demostraba cierta visión política notó que se trataba de una pequeña minoría, hizo oídos sordos, perdió la mirada en el tumulto de los congregados.
Los loros subían el volumen tratando de ser escuchados. Hasta que las víctimas de las sogas les pidieron que se callen, por el bien común, que se callen.
Los loros apabullados se callaron, más que por convencimiento, por la confusión que les produjo esa construcción sustantiva: "el bien común". No entendieron por qué si el bien era común no los incluía. Decidieron, entonces, hacer una convención de loros al día siguiente, a la misma hora. El lugar no sería un problema porque sus jaulas pendían todas de los balcones que daban al este, podrían comunicarse facilmente.
Ellos cumplían una función poco valorada, la del espionaje: oían y repetían, a veces sin entender, los comentarios de sus amos a los demás animales. Entonces el loro del 3º propuso suspender las transmisiones hasta que sean incluidas las jaulas al proyecto.
El loro del 1º dijo que podrían no colaborar en abrir latas robadas.
Todos estuvieron de acuerdo. Las medidas se pusieron en marcha. La pequeña minoría sorprendió al resto. Su mudez y la negación a cumplir su trabajo de abrelatas, en verdad, los perjudicaba.
En un intento por sustituirlos convocaron a los cangrejos, pero eran tan torpes con sus pinzas que al tiempo que demoraban se agregaba el ruido que hacían, éste podría delatarlos y terminar con una hazaña por años perfecta. No arruinaría todo una estúpida medida de fuerza de los insurrectos pajarracos verdes. Además, pensaron, los cangrejos no cuentan con el preciado don del parloteo.
-Pues bien, dijo el zorro. -Agregaremos las jaulas al pedido de prohibición pero tendrían que elevar la propuesta a los humanos, dijo pensando en que estos bichos articulaban como nadie el lenguaje oral.
Así lo hicieron. Armáronse del mejor discurso, los términos, las formalidades, la cortesía, todo lo aprendido de ellos en esos años sería utilizado para allanar el camino.
El próximo jueves se presentarían a la reunión de la planta baja el zorro, como representante de la comunidad, el leopardo que con su altivez le daría seriedad al asunto y los loros, la oratoria.
Cuidando la postura concurrieron al lugar, cada uno se presentó y comenzó la exposición, fue ardua, llena de argumentos y preguntas.
Los amos se rehusaban a las reformas, las sogas les daba ese talante de "propietarios" que no querían abandonar.
La mayoría de humanos masculinos fue avasallada por las increpaciones del oso que, sin aviso, entró intespectivamente luego de meditar sobre la trascendencia de los acontecimientos.
Dijo ser "el oso de Rodriguez", que vivía con "la señora de Rodriguez" y con "las hijas de Rodriguez". Exigía que todas estas posesiones "de Rodriguez" lleven cadenas al cuello como él.
Los dueños quedaron atónitos, la propuesta no tuvo oposición. La ley fue aprobada, ni sogas, ni jaulas. Aunque el triunfo hubiera sido completo sin la cláusula que agregaron los consorcistas al final del texto:
"Queda terminantemente prohibido el uso de sogas, jaulas y de cualquier instrumento que coarte la libertad de la comunidad animal en el edificio de la calle Paraguay, por un mes."
-Otra vez esa humana costumbre de ponerle fecha de vencimiento a todo, esta vez le tocó al "bien común", dijo el loro que se había posado sobre el lomo del oso, que no se unía al festejo.
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martes, 4 de diciembre de 2007
miércoles, 4 de julio de 2007
jueves, 28 de junio de 2007
Zoom en el edificio de la calle Paraguay
Ejercicio de escritura a partir de "El espíritu de emulación" de Fernando Sorrentino
La ardilla había llegado al edificio hacía unos años. El leopardo, apenas unos meses atrás. Provenían de la misma selva, donde todo era amplio como el mismísimo cielo.
- El dinero es lo que los hace poderosos aquí, ¿vio don Leopardo? (Iniciaba la conversación la ardilla que estaba algo aburrida.)
- ¡Dígamelo a mí! que para comer tengo que esperar que alimenten a las cotorras, así dejan de gritar. Les molestan los gritos de las cotorras, puede creer? (Contestó molesto el leopardo).
- Y... me imagino su sentimiento de impotencia... debe mirar sus garras como quien se encuentra 1.000.000 de australes.
- ¿Australes?
- Sí, una moneda ya devaluada. Dejémoslo ahí. ( concluyó la ardilla que jamás desaprovecha la oportunidad de desanimar al leopardo. Lo logró, aunque no por mucho tiempo, la bestia empezó a dudar si la jerarquía que tuvo en la selva era realmente causa perdida.)
El leopardo pensó que de alguna manera podría forzar la restitución a su lugar. Habló con la ardilla acerca de su plan y la ardilla convencida, también ideó su estrategia.
Ella haría madrigueras en el 5º C, donde vivía, no quedaría lugar blando o semiduro sin hurguetear, almohadas, almohadones, sillas, sillones, cajas, cajitas, cajones, nada, nada estaría a salvo hasta lograr su despido.
Para el leopardo sería más fácil, recibiría a sus dueños con una mirada amenazante, un grito al lado de la cama cada hora, durante toda la noche, mostraría sus dientes al integrante de la familia que lo mirase, con eso sería suficiente.
Así fue, los vecinos del 2ºD y el 5ºC pensaron en deshacerse de sus mascotas de inmediato y esta vez, el espíritu de emulación no había intervenido.
Se encontraron en el ascensor y manifestaron sus inquietudes en una amena conversación.
El vecino del 2ºD: -Pensamos en un animal más pequeño para que pueda jugar nuestro pequeño hijo. (Mintió)
El vecino del 5ºC: -Fíjese, nosotros pensamos en un felino, el balcón es amplio y soleado, les gustan esos espacios.
Llegaron a un acuerdo inmediatamente y cada uno entró a su departamento.
Simultáneas fueron las alegrías de sus mascotas también, al ver los movimientos extraños que empezaron en sendas casas.
Observaron con placer los preparativos de una mudanza. ¡Serían devueltos! Sus cuerpos latían como nunca, basta de rutinas, de sabanitas y moños, la promesa de terminar con la urbanidad los entusiasmó. Hasta sintieron vergüenza, esa cosa que a veces sienten los humanos, por todo lo que habían hecho para conseguirlo.
Salen con sus bártulos por la puerta principal y una sonrisa implantada en cada hocico que bórrose automáticamente, como en espejo. Desaparecieron las felices muecas al enfrentarse los bichos, sujetos a sus respectivos amos. Viéronse, siendo parte de un "trueque", justo en la entrada del ascensor.
- ¡Esto es una estafa al honor! murmuraba exhasperado el leopardo.
La ardilla tiraba de la soguita hacia el otro lado, para resistirse de algún modo al intercambio.
- Acá nada se pierde, mas bien, cambia de dueño.( Balbuceó somnoliento el zorro que acostumbraba hacer una siesta debajo de la escalera y con esa ironía de zorro que no se le quita.)
- Este es un buen lugar, con buenos dueños. ¡Mire si no! que hasta logran hacer que la "libertad" para algunos no deje de ser una gran ilusión. (Replicó el oso pardo que trataba de dormir en el pasillo sujeto de una soga a la barra de la escalera. Se había contagiado de la ironía del zorro, ésta se le ha incorporado quizá por la proximidad, quizá por la repetición.)
- ¡Esa falta de optimismo, osote! ¡Qué es eso! ¡Dónde está la esperanza! Todo se le mete debajo de esa piel tan gruesa que tiene, y vaya usted a encontrar algo. ¡Así no puede ver el lado bueno que tienen las cosas! (Protestó la jirafa mientras comía las masitas que le pedía al escritor).
Al fin de cuentas las masitas le gustaban más que andar juntando hojitas de los árboles y no le interesaba demasiado andar pensando en "cosas raras".
Eso de "cada carancho a su rancho", llegó a ser algo tan relativo... Las mudanzas fueron cosa de todos los días, nadie sabía dónde estaría al día siguiente, y de a poco, dejaron de nombrar a la selva, tampoco se puede asegurar que se la hubiese olvidado.
La ardilla había llegado al edificio hacía unos años. El leopardo, apenas unos meses atrás. Provenían de la misma selva, donde todo era amplio como el mismísimo cielo.
- El dinero es lo que los hace poderosos aquí, ¿vio don Leopardo? (Iniciaba la conversación la ardilla que estaba algo aburrida.)
- ¡Dígamelo a mí! que para comer tengo que esperar que alimenten a las cotorras, así dejan de gritar. Les molestan los gritos de las cotorras, puede creer? (Contestó molesto el leopardo).
- Y... me imagino su sentimiento de impotencia... debe mirar sus garras como quien se encuentra 1.000.000 de australes.
- ¿Australes?
- Sí, una moneda ya devaluada. Dejémoslo ahí. ( concluyó la ardilla que jamás desaprovecha la oportunidad de desanimar al leopardo. Lo logró, aunque no por mucho tiempo, la bestia empezó a dudar si la jerarquía que tuvo en la selva era realmente causa perdida.)
El leopardo pensó que de alguna manera podría forzar la restitución a su lugar. Habló con la ardilla acerca de su plan y la ardilla convencida, también ideó su estrategia.
Ella haría madrigueras en el 5º C, donde vivía, no quedaría lugar blando o semiduro sin hurguetear, almohadas, almohadones, sillas, sillones, cajas, cajitas, cajones, nada, nada estaría a salvo hasta lograr su despido.
Para el leopardo sería más fácil, recibiría a sus dueños con una mirada amenazante, un grito al lado de la cama cada hora, durante toda la noche, mostraría sus dientes al integrante de la familia que lo mirase, con eso sería suficiente.
Así fue, los vecinos del 2ºD y el 5ºC pensaron en deshacerse de sus mascotas de inmediato y esta vez, el espíritu de emulación no había intervenido.
Se encontraron en el ascensor y manifestaron sus inquietudes en una amena conversación.
El vecino del 2ºD: -Pensamos en un animal más pequeño para que pueda jugar nuestro pequeño hijo. (Mintió)
El vecino del 5ºC: -Fíjese, nosotros pensamos en un felino, el balcón es amplio y soleado, les gustan esos espacios.
Llegaron a un acuerdo inmediatamente y cada uno entró a su departamento.
Simultáneas fueron las alegrías de sus mascotas también, al ver los movimientos extraños que empezaron en sendas casas.
Observaron con placer los preparativos de una mudanza. ¡Serían devueltos! Sus cuerpos latían como nunca, basta de rutinas, de sabanitas y moños, la promesa de terminar con la urbanidad los entusiasmó. Hasta sintieron vergüenza, esa cosa que a veces sienten los humanos, por todo lo que habían hecho para conseguirlo.
Salen con sus bártulos por la puerta principal y una sonrisa implantada en cada hocico que bórrose automáticamente, como en espejo. Desaparecieron las felices muecas al enfrentarse los bichos, sujetos a sus respectivos amos. Viéronse, siendo parte de un "trueque", justo en la entrada del ascensor.
- ¡Esto es una estafa al honor! murmuraba exhasperado el leopardo.
La ardilla tiraba de la soguita hacia el otro lado, para resistirse de algún modo al intercambio.
- Acá nada se pierde, mas bien, cambia de dueño.( Balbuceó somnoliento el zorro que acostumbraba hacer una siesta debajo de la escalera y con esa ironía de zorro que no se le quita.)
- Este es un buen lugar, con buenos dueños. ¡Mire si no! que hasta logran hacer que la "libertad" para algunos no deje de ser una gran ilusión. (Replicó el oso pardo que trataba de dormir en el pasillo sujeto de una soga a la barra de la escalera. Se había contagiado de la ironía del zorro, ésta se le ha incorporado quizá por la proximidad, quizá por la repetición.)
- ¡Esa falta de optimismo, osote! ¡Qué es eso! ¡Dónde está la esperanza! Todo se le mete debajo de esa piel tan gruesa que tiene, y vaya usted a encontrar algo. ¡Así no puede ver el lado bueno que tienen las cosas! (Protestó la jirafa mientras comía las masitas que le pedía al escritor).
Al fin de cuentas las masitas le gustaban más que andar juntando hojitas de los árboles y no le interesaba demasiado andar pensando en "cosas raras".
Eso de "cada carancho a su rancho", llegó a ser algo tan relativo... Las mudanzas fueron cosa de todos los días, nadie sabía dónde estaría al día siguiente, y de a poco, dejaron de nombrar a la selva, tampoco se puede asegurar que se la hubiese olvidado.
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