Siempre vestía jardineros. Los tiradores resbalaban obstinados de sus hombros flacos. Angulosa cara, el pelo castaño claro, peinado con descuido y sostenido con una de esas hebillas sapito o cricó... no por coquetería sino para que no le tapara los ojos.
Vívíamos sobre la calle Ombú, colmada de paraísos.
A media cuadra del lado de enfrente estaba su casa. El aroma a masitas y tortas recién horneadas me recibía antes que su madre.
Celiberti su apellido, italiano. Podía verse esa herencia en el patio. Muchas aves, algunos perros de caza y una enorme huerta.
No recuerdo de qué hablábamos, ni siquiera si hablábamos, creo que prescindíamos de las palabras.
Algunas mañanas hacíamos los mandados en el almacén "El caracolito", las dueñas, dos señoras robustas poco más altas que nosotras nos recibían con un caramelo y una calidez que nuestros ojos niños descifraban claramente. Ellas nos habían puesto sobrenombres, el mío era "boquita de corazón" que pronunciaban con toda la ternura que podía percibirse al atravesar la cortina de caracoles que cascabeleaba en el umbral.
Para comprar las pastas teníamos que ir del otro lado de la avenida. Allí el mostrador nos llegaba a la nariz, desde esa perspectiva es difícil recordar más que la yapa, un puñado de confites que comíamos a la vuelta, mientras nos pintaban las manos de colores.
A la hora del juego, la reina era la fábrica de cielorrasos; los obreros tiraban montones de tiza cada día, nosotras las usábamos para dibujar las veredas que ya habían sido adornadas con las flores violetas que caían de los árboles. Esos gigantes eran podados, una vez a la año, época en la que nos convertíamos en las arquitectas de nuestras chozas.
Una vez al año, también, el ripio; montañas de arena negra que agregaban vértigo a la bici.
A unas cuatro cuadras de nuestras casas, vivían los gitanos. Evocaban en nosotras una adorable escena circense los colores de las ropas tendidas en largas sogas alrededor de las carpas. Jamás dejaron de estimular nuestra imaginación sus exóticos trajes, el lenguaje y las pulseras. Se paseaban intrigantes por las calles haciendo que el misterio sea infinito.
A los nueve años sobrevino la mudanza, mi primer desarraigo, no volví a ver a mi amiga, no recuerdo si nos despedimos.
Todo sucedía en un barrio del sur de Rosario, "Las Delicias" que así era en los setenta cuando Nanci y yo no comíamos por jugar.
5 comentarios:
Una de las mejores cosas que tiene un escritor, o quien tiene gusto por decir cosas, es hablar de su barrio, de su alrededor, de la gente y aquellas semillas de tiempo que van quedándose en uno para siempre. Muy lindo, le dejo mi afecto.
Es así... quedán para siempre, como ud dice. Con qué puede compararse el placer que nos dan al compartirlas.
Hasta pronto.
qué bueno poder leerte, qué bueno
Volví a leerlo, y no sé. Me fui con esos tiempos.
:)
Ahora caigo que había estado antes en tu casa, mujer de verbario, y refuerzo la idea que dejé en el anterio comentario, esta quinta es hermosa y la haz dejado sembrado, pero aún así, no haz vuelto a regarla. Dale amiga, dale..
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